Relatos de amor


Breve historia de los relatos de amor:


El amor ha sido a lo largo de la historia un tema constante en la creación literaria, así como en las restantes expresiones artísticas. Debido a la complejidad que entraña y que se resiste a la razón, ha dado lugar a multitud de formas de expresarlo. Hallamos relatos de amor desde mitos y leyendas de la antigüedad hasta obras literarias contemporáneas.

A la novela romántica o de romance, como proponen algunos autores, se le ha llamado también novela rosa, término que resulta de extremada utilidad para distinguirla de la novela romántica que se refiere al período cultural e histórico denominado Romanticismo.

Cabe destacar la curiosa la restricción que la asociación de Escritores Románticos de América hace a este tipo de literatura. Según ellos, para considerarse relatos de amor deben cumplir lo siguiente:

– La historia debe estar centrada de forma exclusiva en el amor romántico que surge entre dos personas, aunque pueden existir otras subtramas secundarias.

– El final de la narración tiene que ser positivo, el lector ha de pensar que el amor y la relación de los protagonistas serán eternos.

Obviamente, son muchísimos los desacuerdos, especialmente el del requisito de un final feliz. Como la archiconocida obra Romeo y Julieta, son muchos los que admiten historias sin un final feliz, siempre que la trama central sea el amor romántico entre los protagonistas. Existen multitud de relatos de amor que se apartan de estas reglas rígidas.

En las novelas románticas pueden también incluirse temas controvertidos, como la violación, la violencia doméstica o las adicciones y existen además multitud de subgéneros (fantástico, histórico, etc.).

A pesar de las numerosas posibilidades hay una tendencia despectiva hacia este tipo de literatura. Los relatos de amor son tratados por muchos como un género de segunda y se opina de ellos que el estilo, los personajes y la historia son simples. Se presupone que la escritura de estas novelas no supone un desafío mental, que carecen de léxico y descripciones complejas y que son mero entretenimiento.

El origen de esta literatura se encuentra en narraciones de la época clásica (Grecia y Roma) con un esquema similar al actual: encuentro de una pareja de jóvenes, separación y posterior reencuentro de los enamorados con final feliz.

Este tipo de literatura se ha desarrollado sobre todo en lengua inglesa. En los inicios de la novela moderna (siglo XVII) Samuel Richardson narra en Pamela la historia de una bella doncella llena de virtudes que consigue reformar al héroe libertino y casarse con él.

Más adelante, Henry Fielding construye ya historias con tramas y personajes más atractivos, especialmente sus heroínas, lo que influiría posteriormente en Jane Austen y sus protagonistas. Destaca su obra Tom Jones, donde se narra la historia de un joven libertino que quiere recuperar su herencia y se casa con Sophia Western, la bella e inteligente heroína.

En el siglo XIX, Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë y Jane Eyre de Charlotte Brontë, son consideradas novelas de amor clásicas, y ya presentan una mejor profundidad en cuanto a personajes y sus emociones.

Georgette Heyer (siglo XX) es considerada la creadora del género de romance histórico. En esa misma época comenzaron a escribir autoras que fundarían años después la Romantic Novelists’ Association

A finales del siglo XX resurgió la novela sentimental sin que las autoras siguieran el estricto modo anglosajón. Mención especial merece De amor y de sombra de Isabel Allende. Y es ya en 2009, cuando un grupo de escritoras españolas de relatos de amor, crean la Asociación de Autoras Románticas de España (ADARDE), para fomentar el género romántico y una mejor consideración de este.

Es un género leído sobre todo por mujeres. A lo largo de los años, las aficionadas se han vuelto más exigentes respecto al contenido, pidiendo historias documentadas y coherentes a la época de la trama, con mejores diálogos y personajes con mayor dimensión.

La novela rosa representa el 7% del total del mercado español, el doble que el género fantástico y siete veces más que el de terror. Su público llega a consumir, nada menos, que hasta cinco títulos al mes.


Por Arima Rodríguez

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